Felipe Ciprián
La situación que se vive actualmente en el norte de México donde actúan los carteles de la droga más violentos del continente, no puede ser más desgarradora. Las muertes se suceden cada día y la cantidad de militares y policías en activo y retirados que forman parte de los grupos de matones asalariados, son sorprendentes. Para solo citar un día del terror en Ciudad Juárez, estado de Chihuahua y próximo al río Bravo, recordemos que el 15 de marzo de 2010 fueron asesinados la empleada consular de Estados Unidos Lesley A. Enríquez, de 35 años, y su esposo Arthur H. Redelfs, de 34. México parece ser el país más violento, pero el narcotráfico tiene raíces profundas en toda Centroamérica y el Caribe, territorios donde no se elabora cocaína ni heroína, pero puente entre Colombia, donde están los laboratorios, y Estados Unidos y Europa donde están los más grandes mercados con suficiente tolerancia como para que no paren de crecer.Esa tolerancia en los mercados contrasta con las presiones que Estados Unidos y la Unión Europea, utilizando a veces a los organismos internacionales, montan contra países pequeños que están asediados por esta plaga.Panamá fue invadida militarmente el 20 de diciembre de 1989 con el pretexto, tal vez era cierto, de que el “general” Manuel Antonio Noriega era un protector del narcotráfico. Las tropas norteamericanas se lo llevaron a Miami, lo enjuiciaron, lo condenaron y ahora que está a punto de salir en libertad, se alistan para enviarlo a Francia para enfrentar otro juicio por lavado.En República Dominicana ya conocemos que hay oficiales militares enjuiciados en Estados Unidos y otros en el país acusados de asociarse al narcotráfico y sus crímenes. Lo que no puede entenderse es por qué razón las tropas de Estados Unidos y del Reino Unido, que invadieron a Afganistán hace diez años, no han acabado con los fértiles campos de opio por donde a diario caminan.Peor aun, como publicara el periódico The New York Times el pasado sábado, las tropas norteamericanas ya no erradican el opio, porque según el comandante Jeffrey Eggers, miembro del Grupo Estratégico de Asesores del general Stanley A. McChystal, “nosotros no pisoteamos el modo de subsistencia de aquellos a quienes tratamos de ganarnos”. En Afganistán respetan los campos de opio como lo prueba la fotografía que acompaña el escrito de Rod Nordland, pero en Bolivia y los Andes suramericanos, donde por milenios los indígenas usan la hoja de coca para combatir el mal de alturas, la quieren erradicar.
Publicado originalmente por Felipe Ciprián en El Caribe/ Lunes 29 de marzo de 2010
No hay comentarios:
Publicar un comentario